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Toda aventura tiene un espacio, en esta sección encontrarás cosas específicas que suceden cuando decides lanzarte a lo desconocido. También hay episodios que se vuelven historias, o herramientas para que  decidas   vivir  tu  propia aventura y después la conviertas... en lo  que desees.

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Conoce a una aventurera

Sarita Noreña Ospina

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Sarita es una persona de pequeños detalles, observadora y sincera. Le pasan ideas por la mente y dejan el rastro en hojas de papel, también, a ella le suceden situaciones tan inexplicables como su nombre, que no es una manera tierna de llamarla.

Dos polizones

Por: Sarita Noreña Ospina

Hay viajeros arriesgados que deciden descartar cualquier certeza de comodidad en su destino. Yo estaría dispuesta a arriesgar un 80% de lo que implica un viaje. Si alguien me pidiera que durmiera en el suelo, por mí estaría bien, de hecho creo que una parte importante de mi vida la he destinado, o malgastado, en tal placer, con la complicidad de abullonadas almohadas y cobijas de tigres. Si la exigencia estuviera relacionada con la comida, no vería problema en ceder, el colon inflamado y la gastritis ya son para mí paisaje, que me coma una empanada frita en aceite industrial o me beba un jugo hecho en agua del tanque, no sería tan bárbaro. Y si la petición fuera no bañarme, no hay loción, desodorante o enjuague bucal que no lo pueda solucionar. Pero hay casos de casos y el que viene a continuación ha sido para mí el más dramático.

 

Llegar a un lugar desconocido es desafiante, pero hacerlo buscando historias de amor entre mujeres de pueblo y paramilitares, es una apología a las batallas griegas. Esa fue mi misión y la de mi compañera de batallas María Mónica, en El Jordán, un corregimiento de San Carlos. Al llegar pensamos que el viaje había sido tortuoso en razón a las curvas, la carretera empedrada, los huecos y las infinitas paradas.

 

Estando allá descubrimos que “La flota” como lo llaman los jordanenses es, junto al mototaxi, el medio de transporte público más apetecido. Pasa dos veces al día rumbo a Medellín, a las 6:00 a.m. y a la 1:00 p.m. y la que viene, llega a las 11:00 a.m. y a las 5:00 p.m.

 

Estuvimos en ese pueblito caluroso buscando testimonios hasta debajo de la tierra. El última día llegamos a la taquilla para comprar los tiquetes que nos llevarían de vuelta a casa. Cuando ¡Oh sorpresa, el bus venía lleno! Lo que no imaginamos fue que no estuviera lleno, sino atiborrado, plagado, tuquio.

 

La solución fue padecer, de pie, dos horas. Las curvas, la cadena de vómito –primero el de al lado, luego el siguiente, hasta llegar a mí- y el dolor en los brazos y los pies, apenas eran un anticipo de lo que se avecinaba.

 

¡Que en San Carlos se desocupa! Repetían con optimismo y nosotros lo creíamos. Pero no, en San Carlos nos tuvimos que bajar para que otros, que ya tenían tiquete, se montaran. Llegamos corriendo a la terminal para buscar otro bus que nos llevara. Ya se imaginaran, las maletas tamaño novatas, el sudor bailando en la frente y el estómago en que parranda. Generalmente salían buses hasta las 5, pero ese día, todos se habían ido, solo quedaba uno y estaba lleno.

 

A continuación, salieron a flote mis dotes de improvisación y extravagancia con el ayudante del conductor, que después de varias negativas, aceptó buscarnos “un espacio”. Solo había un puesto y éramos dos ¿Qué íbamos a hacer? Pensábamos, con la inocencia que nos caracteriza.

 

La escena fue dantesca. El dichoso asiento era una vieja caneca de gasolina, metida en un hueco que había entre la última silla y el baño. Mi amiga muy solidaria me la cedió y decidió irse sentada en su morral. En cuestión de minutos dejé de sentir las nalgas, la rodilla derecha traqueaba como nunca, las náuseas me dominaban y la espalda se jorobó sin precedentes.

 

En total fueron 4 horas aplastada en esa caneca, que se movía al vaivén del camino. La puerta del baño se abría cada tanto y golpeaba a María, ¡pum! Justo en la cabeza. Ni que decir de ese olor inconfundible a cantina.

 

Cuando por fin nos acomodamos, aparecían los niños exploradores de baños y los adultos incontinentes, entonces nos teníamos que mover en esos 20 centímetros que jamás imaginamos habitar.

 

Las secuelas fueron serias, duré más de dos semanas usando ‘Crema Número Cuatro’ ya sabrán con qué fin, el dolor de cintura no me abandonó por un mes y las costillas se resintieron de tanto brincar, ni qué decir de la rodilla chueca.

 

Desde ese día aprendí que prever es un verbo útil y anticipar es su complemento. Entre tanta cosa, nos fue hasta bien, conseguimos dos historias de amor, que meses más tarde protagonizaron nuestro trabajo de grado. Así, querido lector me marcho, no sin antes recomendarle que vaya a El Jordán, ese paraíso no tiene precedentes.

POLIZONES

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lake tahoe

Por: Yarhen Franco

Lake Tahoe está ubicado entre los estados de Nevada y California, Estados Unidos. Más exactamente a 5 horas de San Francisco, California. Ha sido uno de los paisajes más bellos que he podido contemplar.
Se escucha el sonido del lago como si fuera el mar, el color es tan bello como el firmamento y el paisaje es simplemente maravilloso.
 

Lago Tahoe conserva la arquitectura colonial, la gente de pueblo y ese ambiente de en septiembre, estar en la cabaña rostizando masmelos a las 5 de la tarde.

Esquiar, nadar y caminar son actividades que se pueden hacer en esta ciudad. Pero reír y correrle a la lluvia, de seguro hay que hacerlo, más si es septiembre. Este es uno de los espacios en los que sin duda alguna hay que poner en la lista de visitas y seguido a esto hay que brindar con el grupo de amigos, porque la vida nos permite contemplar los paisajes más bellos con las manos dentro de unos guantes pero sosteniendo una copa de vino. Salud!, otra vez.

Septiembre, 2017. © All Rights Reserved. Por Espacios, Medellín, Colombia.
Dir. yarhenfranco@gmail.com

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